Ayer estuve en un evento privado. Inversores, empresas invertidas y yo.
No sé muy bien qué pintaba en semejante berenjenal, debo caerle bien a un señor importante que trabaja en una empresa importante (gracias, mister JAG).
Fondos de inversión de 10, 20, 30 millones. No sé cuántos millones en total, pero muchos. Y aún así todos coincidían en una cosa, inversores e invertidos: no-hay-pasta.
Todo muy lento, y muchas ideas que se quedan en eso, en ideas.
Y entonces llegó un señor.
Y nos dijo que era rockero, y que había dado la vuelta al mundo en moto, y que lo había contado en un libro, y una trampa cojonuda que había hecho para colocarlo entre los más vendidos.
Y otro montón de cosas que nada tenían nada que ver ni con el evento, ni con los millones, ni con su proyecto.
Y todos nos reímos mucho porque el tío era un cachondo.
Y entonces el tío nos contó una cosa más. Y te juro que esta historia es completamente cierta. Este tío nos contó que en este mundo sin dinero acaba de conseguir una inversión de 3 millones de euros.
El tío que hablaba de todo menos de su proyecto. El tío que hacía reír. El tío que nos acababa de contar su viaje en moto.
El tío que contaba historias.
Casualidad, que diría un tieso.
Te voy a decir algo que te conviene no olvidar:
Nunca ha habido, hay, ni habrá escasez de ojos, oídos o dinero.
Nunca, imposible. Allí donde haya personas habrá esas tres cosas. De lo que siempre hay escasez es de buenas historias.
Llevamos 200.000 años compartiendo historias en torno a una hoguera. Estamos –atiende aquí– biológicamente programados para escuchar historias.
No existe un solo humano que no viva buscando buenas historias. Y eso es algo extremadamente lucrativo para quien sabe contarlas.
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