Empieza la fiesta.
Entran los primeros vendedores, se consiguen los primeros resultados.
¿Buenos? ¿Malos?
No hay con qué compararlos, así que se celebra.
Esa es la primera fase de todo equipo de ventas.
Pero es la primera versión, se puede mejorar, se mete presión.
Entonces…
- Dice el cliente que otro se lo deja más barato…
- Al producto le falta tal y cual cosa…
- Los objetivos son imposibles…
- El jefe es un hijo de puta…
Entre lloros llegan más vendedores.
Y con más toca mejor.
Al principio risas.
Hasta que se empieza a medir. Y a empujar.
Las risas se acaban y llegan nueva excusas…
- Llevo 30 años en ventas y eso no funcionará…
- Nuestro cliente es muy particular…
- Eso no vale para mi caso…
- Yo no soy así…
Y entonces…
Cuando los buenos son mejores…
Y el que no llegaba llega cada mes…
Cuando a los malos se les agotan las excusas y a su delirio se le acaba camino…
Entonces… Siempre… Absolutamente siempre…
La culpa es de los leads.
Los buenos leads, que siempre les tocan a los buenos vendedores. Los malos leads, que todos se los dan a ellos.
Enemigo invisible, enemigo invencible.
Tengo un newsletter.
Cada día envío un email con un consejo de ventas.
Día que estás fuera, email que te pierdes.
Ahí explico por qué la mayoría de vendedores pierden cualquier posibilidad de cerrar el trato en los dos primeros minutos de conversación.
Pista: se debe a algo que dicen y –especialmente– a algo que no dicen.
Algo que les hace perder su autoridad y quedar como unos pusilánimes en los que nadie confía.
Te apuntas ahí: