Los vendedores son gente peligrosa.
Son capaces, por ejemplo, de anunciar que su producto mejora los resultados del cliente en 20 %.
Y eso es un gran problema.
«¿Un problema mejorar los resultados de cliente?», te preguntarás.
No, un problema no, un gran problema.
¿Por qué exageran?
No.
¿Por qué no resulta creíble?
Tampoco.
¿Por tratarse de un redondeo?
Ni de coña.
Imagina al tipo que ve eso.
El soldado corporativo, un tristezno de esos que bebe cafés de máquina en vasitos pequeñitos de papel reciclado.
Ahora ve y mejora sus resultados en un 20 %. Imagina, imagina.
Puestos a arruinarle la vida, ¿por qué no vas a su casa y le prendes fuego?
Y lo mismo ahora piensas que el problema está en que le haces innecesario. Madre mía, qué desastre.
Atiende. Piensa.
Piensa y atiende.
¿Cómo va a justificar ese fulano ante su jefe lo que ha estado haciendo durante los años anteriores?
¿Y si hablas con el jefe?
Peor, porque ese solo tiene que justificarse ante él mismo…
Vamos, que le vas a hacer sentir muy estúpido.
Ahora ya sabes por qué tus descuentos, tus aumentos de productividad, de calidad y de ingresos… del 10, del 20, del 30 %… pasan desapercibidos.
Mejorar sí, pero poco, que sino se atraganta.
Si quieres atrapar la atención tus clientes potenciales existe una forma mucho mejor.
Un puñado de palabras bien ordenadas es todo lo que necesitas.
Tres, por ejemplo. Tres palabras.
Suficiente para agarrar a cualquiera por el cuello y pegarle con superglue sus globos oculares a tu mensaje. A tu web, a tu panfleto, a tu presentación o a tu discurso, eso es lo de menos.
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