Caminaba hacia mi asiento después de haber comprado el bocadillo con más grasas saturadas de la cafetería del tren.
Desde una perspectiva privilegiada abordaba por la espalda a una horda de chatbots con nómina e indemnización por despido y sus portátiles de plastiquete.
Sus surface, sus hp y sus thinkpads.
Excel, excel, excel.
Powerpoint, outlook, más excel.
Otro oulook y un word con la palabra «Informe» en Calibri negrita 14 puntos. Seguida de tres o cuatro saltos de línea.
El pánico se apoderó de mí.
Tenía que salir de ahí si no quería empezar a perder dinero. Si ese tren no llegaba puntual a su destino, si no oía pronto un aviso sugiriéndome tener precaución con la distancia entre coche y andén en castellano, catalán y Home English no tardaría en comprar a plazos una scooter de tres ruedas para ir a trabajar a un edificio de hormigón, acero y moqueta.
Antes de llegar, mis zapatos de ante se habían convertido en mocasines de piel plastificada, los calcetines eran granates con topos azul marino y de mi pelo brotaba una sustancia brillante que lo mantenía fijado hacia atrás, ampliando unas entradas que me protegían de las mujeres.
Una corbata de algodón de Purificación García apretaba mi yugular y a una americana del Zara le había salido un pañuelo que se había cosido al bolsillo de la pechera, supongo que para no perderlo.
Mis cuerdas vocales vibraban produciendo un sonido que me costaba identificar. Una especie de cacareo sin sentido que repetía una y otra vez. Al final pude entenderlo, decía:
«Sin dos cafés no soy persona» y «Por fin es viernes.»
Entonces saqué una bolsa de tabaco de liar y sujetando un filtro con la boca solicité al revisor que me permitiera fumar en la próxima parada mientras me ponía un abrigo que ya no era de lana de merino, sino de felpa con pelotillas, y que en lugar de en un cuerpo con caderas, su patrón estaba inspirado en un cilindro matemáticamente perfecto.
Para.
Especialmente si pasas más de cinco miutos al día con una suite ofimática.
Y lo digo completamente en serio. No es broma y tampoco es clasisimo, no solo al menos.
La humanidad ha llegado hasta donde está en el campo de batalla, caminando por el barro para llegar a un mejor lugar y en la jungla buscando la cena.
Si pasas el día haciendo cualquiera de esas cosas eres un reponedor 2.0.
Espabila.
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