Sophie, la norcoreana que conocí en Vietnam

No vendas como comunista

La «Oficina 39» es una insitución norcoreana encargada de captar y lavar fondos para los dirigentes del país. Una de las vías es una cadena de restaurantes repartidos por Asia y Oriente Medio.

Sus fachadas, de cristal, permiten ver desde la calle una macedonia de luces de neón, flores de plástico y una fila de norcoreanas diminutas que, con aspamientos, invitan a entrar a todo aquel que les dirige una mirada.

Si visitar uno te atrae, date prisa. En el 2000, algunas camareras de un restaurante de Pekín consiguieron escapar y desde entonces han cerrado muchos de ellos para evitar que se repita la jugada.

No se andan con rodeos los Kim.

A Paulina y a mí no hacía falta que nos convencieran. Sabíamos a lo que íbamos.

No habíamos cruzado la puerta todavía, que el personal ya había formado un pasillo humano. Entre la humedad y la efusividad me sudaban hasta las plantas de los pies.

De repente, entre mis manos, la carta más larga que había visto nunca, sopa de perro incluida, y tres cameraras a cinco centímetros de mi cara señalado los platos que debía pedir. Los más caros del menú, cero sutilezas.

72 años de comunismo han dejado un poso comercial único.

Qué más da, hemos venido a jugar. Un poco de todo.

Tras pedir, las camareras se han dispersado… excepto Sophie, que nos ha acompañado para rellenar continuamente nuestros platos y vasos.

Joder con Sophie. Opina que somos demasiado viejos para no tener hijos. También ha preguntado desde cuando nos conocemos y quién fue el primero que le habló al otro. Cuando le he dicho que fue Paulina casi se ahoga de la risa.

Tanta pregunta me vino bien. Ya no tenía que justificar el interrogatorio que se avecinaba.

Sophie es estudiante, por aquel entonces llevaba dos años en Vietnam y le quedaban otros tres… o cuatro, no sabe… pero bueno, de vez en cuando habla con su familia por videoconferencia. Su padre es doctor en un pequeño hospital y tiene una hermana dos años mayor.

Nunca ha salido del restaurante, pero ha visto Europa por la tele y lo tiene claro, su Corea es más bonita.

La velada concluyó con concierto de rock. Teclado, batería, guitarra y volteretas en el aire.

A punto de irnos nos hicimos coleguitas de otro comensal, coreano también (supongo que del sur, su borrachera impedía obtener respuestas). Nos invitó a cerveza y sushi mientras intentaba ligar con las camareras, que de la manera más tierna posible no sabían cómo reaccionar.

Hasta aquí la historia. ¿Moraleja? Si no tienes el atractivo de lo exótico, no vendas como si fueras comunista.

PD: Te ayudo a mejorar tus procesos comerciales. Carísimo, no comunista. Se me contrata aquí.

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