De pequeño iba al colegio. 3 años, 10, 16… Veranos, bici, fútbol.
¿Con cuántos desconocidos me crucé por la calle durante esos años? ¿Miles? ¿Varios cientos de miles? Yo no pensaba nada de ellos ni ellos de mí.
Universidad, fiesta, algún trabajo, algún viaje con los amigos, chicas, erasmus, alguna idea para ganar perras.
Más desconocidos, más normalidad.
Empiezo trabajo, asco, monto empresa, pobreza extrema. No-ve-dad.
Otro emprendedor que había montado un periódico de negocios me hace una entrevista.
Primer hater.
Que soy un hijo de puta. Que me conoce. Hasta entonces nunca se había pronunciado, pero bueno.
Seguimos.
Las cosas crecen. Lento. Una noticia por aquí, una entrevista por allí. Una charla, y otra.
Dos haters.
Otra. Otro.
Cuatro haters.
Vídeos virales.
Diez haters. Veinte. Cincuenta.
Ahora piensa:
- ¿Persona? La misma.
- ¿Mensaje? El mismo.
- ¿Desconocidos de los que no pienso nada? Más número pero los mismos.
¿La diferencia?
Que antes era un minion, un lemming, un npc, un figurante.
Mientras esté dispuesto a fichar y a sentarme en reuniones aburridas, en oficinas aburridas, con gente aburrida y ropa aburrida, a pedir presupuesto para ir al dentista y a guardarme una semana en agosto, todo bien.
El problema no es el dinero, no te confundas. Ni salir por aquí o por allá. El problema, lo que enerva al personal, es que te subas a la tarima.
Que no elijas las escaleras mecánicas, que no tengas horario y que tu respuesta estándar sea «no».
Si haces dinero, me alegraré.
Si alcanzas la libertad, incluso lo celebraré.
Pero si te conviertes en un inadaptado al que cientos odian por hacer lo que ellos no se atreven ni a soñar, entonces te aceptaré en el círculo de los seres superiores (siempre que, además, tengas bitcoin, obviamente).
En cualquier caso, mi misión en esta vida es enseñar el camino hasta ahí.
Y eso sólo lo puedo hacer si dejas tu email aquí: