Por qué opino que madrugar es de cobardes

La gente llama valientes a los que madrugan. A los que cambian de trabajo o a los que cierran una empresa.

Y a los que trabajan todo el tiempo.

Valientes y disciplinados. Ordenados y admirables.

A los que dejan algo bueno para perseguir algo mejor.

¿Valientes? Valientes mis cojones. ¿Quieres saber algo más valiente que todo eso?

No hacer nada.

No digo pasar el día en el sofá fumando porros. Digo descansar en medio de la tormenta.

Digo apartarlo todo y reír.

Digo engancharte al vicio y producir como un cabrón.

Valiente es quedarse solo y enfrentarse al silencio con uno mismo, eso sí que es valiente.

Pasar el día picando piedra es fácil. Duro, pero fácil. Por rutinario y predecible. Porque no tienes que pensar ni necesitas autocontrol.

Valiente es organizar un festín con lo que has cosechado durante el día. Colgar por un rato el traje de superhéroe y ponerse el de mamón.

Disfrutar de ganar y disfrutar –atento a esto– de gastar. Y vivir esas dos realidades como si fuera la misma. Eso es valiente y la única actitud que admiro.

Conozco a ricos y conozco a huevones, pero solo conozco a dos, tres si me apuras, que son ambas cosas a la vez, y uno soy yo.

Está bien que te levantes a las 5 a dar saltos. Está muy bien si lo haces mañana y pasado, pero si lo conviertes en tu rutina eres, perdona, un flojo, porque nada da menos miedo y es menos incómodo que la predecibilidad y no cambiar de ritmo.

Acelera y frena, madruga y trasnocha, gana y despilfarra, enciérrate y viaja… y te llamaré valiente.

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