Me fascinan los pobres.
Aclararé, porque existen dos tipos de pobres: los crónicos y los temporales.
Me fascinan los crónicos. Gente que va enfadada por la vida. Esos no tienen arreglo, son pobres hoy y lo serán dentro de cien años.
Lo que me fascina es la enorme seguridad que tienen en sí mismos, es una cosa impresionante:
- El bitcoin es una estafa
- Vender no sirve de nada
- A Fulano lo han ascendido por pelota
- A la hija de puta de la Juani siempre le dan los mejores leads, ella sabrá lo que hace
- Elon Musk es un vendehumos
- Las empresas son unas explotadoras
- El capitalismo es lo peor
Es que es maravilloso. Los oigo hablar y me quedo embobado.
El aplomo con el que le explican, a gente que sí lo ha conseguido, cómo funciona el mundo.
Son como el panzas que enfundado en un chandal de poliester acude al bernabeú para gritarles a los futbolistas cómo dar patadas.
A más los oigo, más libros de marketing leo, más levanto el teléfono y más bitcoin compro.
Y cuanto mejor me va, más me dicen lo mal que me irá. Y así llevamos quince años.
Atiende.
Tan importante como copiar a quienes ganan pasta es hacer lo contrario a lo que recomiendan quienes no la ganan.
En el newsletter hablo de storytelling. De cómo, con el mismo material, se pueden obtener dos resultados radicalmente opuestos:
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