Mi amiga ha conocido a un chico.
Café.
Paseo.
Abrazo.
Mano.
Beso en la mejilla.
Más paseo.
Luego él ha dicho algo de unas semillas y la paciencia que no he entendido muy bien.
Eva, que es como se llama mi amiga, dice le gusta que sean más inocentes que ella.
Eva y yo nos conocimos hace años en circunstancias muy distintas, no sé si me entiendes. Te quiero decir que han debido cambiar mucho sus gustos.
Le he dicho que es curioso, la diferencia entre lo que creemos que queremos y lo que queremos.
Y se ha cabreado, lo cual no me ha extrañado porque tengo una habilidad superior para cabrear a Eva.
Venga, si me lo estás contando para que nos descojonemos juntos. Y entonces me he descojonado muy fuerte.
Maldito.
Maldito está bien. Maldito es la palabra clave que Eva usa para indicarme que quiere hacer las paces. Buenos recuerdos.
Hay hombres que para ligar hacen lo que las mujeres dicen que les gusta.
Y vendedores que para vender le preguntan al cliente qué quiere.
Lógicamente el mundo esté lleno de hombres que no ligan y de empresas que no venden.
Mira. La gente hace cosas muy raras. Cosas que les perjudican. Y las hacen por miedo.
Miedo a hacer lo incorrecto.
A equivocarse.
A ofender.
A molestar.
A desobedecer.
A perder una venta.
A que le despidan.
A disgustar.
Pero ninguno de esos miedos es el miedo a algo mucho más grave, aburrir.
Cuando acabé el podcast algunos programas se quedaron sin emitir. He publicado uno de ellos en el que cuento cómo evitar ser un maldito muermo (9 min).
Lo ves aquí abajo:
En el newsletter te puedo aconsejar en cómo no ser aburrido. Créeme, tus clientes te lo agradecerán (Y tu próxima cita de Tinder también).
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