No necesitas un mentor, necesitas esto.

Me pregunto si es posible conseguir más y cuánto más.

Si los próximos movimientos serán acertados o retrocederé unas casillas y cómo reconstruiré las posiciones en ese caso.

No te confundas, no son dudas, busco puntos flacos en mi muralla. Se trata de no relajarse, de estar preparado.

Lo jodido es que luego leo el comentario de un hater y se me pasa.

Cuando imagino a un tío hecho y derecho, un tío al que se le enquistan pelos en el escroto, con requesón en la entrepierna y una camiseta del decathlon con la lycra cedida a la altura de las tetas…

Y al fondo, un poster de Lara Croft maltrecho por un estucado que camufla los roces de un cuarto que hace 25 años fue de adolescente…

Apretando unas prótesis de vitaldent mientras sacude algunas de las migas naranjas suspendidas en su mostacho prepuber…

Y que, haciendo un gran esfuerzo por aguantarse las lágrimas, dedica la tarde del sábado y unas uñas cortadas a serrucho, a escribir a un desconocido:

Y claro, al pensar que como ese hay decenas, cientos, quizás miles, relajarse es inevitable.

Es una putada, pero al final te obligan. A ignorar cualquier precaución y darte cuenta de que es imposible –imposible te digo; material, física y categóricamente imposible– no triunfar en esta vida.

Mira, los haters son maravillosos.

Porque cuando todo va bien, cuando la vida te sonríe y vas viento en popa…

Cuando tienes claro qué hay que hacer y qué no, y la seguridad de que solo es cuestión de seguir el plan y ejecutarlo con disciplina…

Es fácil dudar, preguntarse cómo es posible que siendo tan fácil no lo estén haciendo todos.

Y en ese momento, un hater recordarte el nivel de inutilidad que existe.

Es así:

Si no tienes haters es que no tienes claro el camino.

Si los tienes y no los aprovechas, te destruirán.

Si los tienes y los explotas, no tienes límite.

Eso es lo que enseño en el newsletter. Haters altamente lucrativos.

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