Mierdas de mi pasado que harán que te regocijes

Hace muchos años, en un pasado que ahora me parece que solo conozco por las películas, andaba con una ansiedad de cojones.

Sin vacaciones ni apenas dormir. Dedicando cada minuto a hacer alguna improductiva labor de trabajo.

El largo plazo estaba en el fin de semana y el corto en las tres próximas horas.

Catorce veces al día el corazón se me salía por la boca y solo podía comprobar el correo con la ayuda del omeprazol.

A mi alrededor todos parecían ganar más con menos esfuerzo y yo me preguntaba si estaba al principio del camino o es que era gilipollas.

Entonces leí en twitter a un tipo que contaba los resultados después de un mes vendiendo su primer libro autopublicado.

Casi mil unidades a 30 €. 30.000 pavos en un mes.

Para mí, en aquella época, eso equivalía a todo el dinero del mundo.

Me dije que el tipo mentía. Pero en el fondo sabía que era posible.

Estaba ante una bifurcación. Tenía que elegir. El camino de creérmelo o el de convertirme en un hater.

Decidí creémerlo. Me pareció mejor inversión de cara al futuro.

Pero entonces me encontré con un muro de hormigón, alambre de espino y unos francotiradores. Ante el muro, un cartel:

«Esto no es para ti.»

Vale, podía ganar más dinero con menos esfuerzo, pero no creando una audiencia. Eso solo era para gente que gusta y yo no gusto. Eso te lo encuentras o no te lo encuentras, y yo no me lo había encontrado.

Podía probar, pero imagina que pruebo y no funciona.

Con esfuerzo derribé ese muro pero mecagoenlaputa, había otro, con otro cartel:

«En tu sector no se lo puede sacar tanto provecho.»

Hubo más. Me acostumbre a derribarlos. Se convirtió en algo rutinario.

Richard Koch, billonario, cuenta que le preguntó a 50 de sus amigos ricos si alguna vez habían tenido que derribar una creencia profundamente arraigada.

45 le dijeron que sí.

Algo me hace sospechar que el porcentaje de respuestas positivas bajaría conforme bajase la riqueza de la personas encuestadas. Cero dudas.

Ya sabes, la mayoría prefieren tener razón a tener dinero.

Y eso es maravilloso.

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