Me encanta el sudeste asiático. Las conversaciones que tengo con la gente que conozco allí.
No me he encontrado ni uno que esté esperando a que salgan plazas para policía local. Esa conversación no la tienen.
Ni la del beso de Rubiales, ni no me mires así que me es machista. El ya moribundo feminismo de aquí ni se ha pasado por allí.
Para qué, si van pisando cabezas con sus tacones de aguja a 38 grados a la sombra.
Creando empresas, levantando financiación, desarrollando las tecnologías más punteras.
Ni salario mínimo, ni jornada laboral y ni contrólame los precios del mercadona.
Están a otra. A ver cómo hacer más y mejor. Y más. Qué negocio, qué idea, que inversión.
Aquí, cuidado que la IA te quita el trabajo. Allí, que caiga quien caiga.
Nadie es tan estúpido como para envidiar lo que gana el vecino ni desear ahogar al rico.
Lo que hacen con el rico es pedirle pasta para montar una startup. Quizás por eso hay tres en cada esquina.
Lo flipas con la app del médico o algo tan simple como la de pedir comida. Pero lo puto flipas.
No conocen al Quijote pero sí a Julio Iglesias, tienen un millón de idiomas pero nadie rotula en catalán.
Muy acojonante lo del sudeste asiático.
Aquí, mientras, durante las últimas semanas he recibido varios correos preguntándome si el email diario vale para su caso, que cómo plantearle yo-que-sé-qué al jefe y que cuáles son los pasos para limpiarse el culo sin escocerse.
Son películas distintas.
Y si te está preocupando su precariedad mi consejo es que te preocupes por la tuya. La que tendrás cuando te pasen por encima con el rodillo.
A ti y a tus hijos, que yo y los míos estamos a salvo. Yo ya te dije hace dos años que invirtieras en bitcoin y hoy te digo que crees una audiencia.
Si te interesa, te apuntas aquí: