Este email va a ser divertido.
Usa la técnica del giro estrangulador. Da esperanza, luego ahoga.
Es como los buceadores.
Verás.
Los buceadores profesionales se adaptan a tener CO2 en la sangre.
Conforme dejas de respirar aire, tu torrente sanguíneo se llena de CO2. Es lo que pasa cuando sientes que te ahogas.
Algunos buceadores aprenden a tolerar tanto esa sensación que un día, mueren.
Están tan acostumbrados que apenas sienten nada. Simplemente van buceando y de repente, la oscuridad. Se acabó, se apagó.
Ese es uno de los motivos por los que se bucea en grupo. Unos se vigilan a los otros.
Pasa, y no solo con el buceo.
Hay paracaidistas que han llegado al suelo más rápido de lo que debían.
Estaban tan poco a alerta de la caída libre que se olvidaron de tirar de la anilla.
En ocasiones estaban grabando a otro y se les fue la cabeza. No se acordaron de que también ellos estaban cayendo.
Tolerancia a la costumbre.
La conexión de este fenómeno con las ventas es obvia:
Cuando te da miedo que un cliente se moleste te falta práctica.
O si te preocupa que llegue un hater, o si te agita cuando lo hace.
Poca práctica. Métele caña, porque este mismo fenómeno que en unas situaciones te puede matar, en otras te hace indestructible.
Pero existe otra conexión, y no es tan obvia.
Si un cuerpo puede acostumbrarse al CO2 o la caída libre, a los haters o a los clientes llorones, imagínate a las pequeñas putadas de la vida.
El tráfico, la comida de tuper o las dos horas para comer, el café de máquina, la moqueta, el zapato apretao o los compañeros que hacen ruidos con la garganta.
A bajarse los pantalones, pedir perdón o dar las gracias.
A depender de terceros. De jefes, de clientes o de socios. Lo que sea menos de uno mismo.
Imagina si aún encima se trata de algo adictivo. La perdición está asegurada.
Como la cocaína, los carbohidratos o la nómina.
(O los clientes que te dan mucho volumen y poco margen.)
Yo ya sé lo que tú todavía estás adivinando. Apúntate y ahórrate años de hacer el ridículo.