Escuchaba a Antonio prospectar por teléfono. No llevaba buena racaha.
Si este mes no hacía una venta le echarían.
Y de repente… bum. Llega al decisor, da con dolores y se produce una atractiva conversación. La cosa fluía, era imposible liarla.
No sé si Antonio se cagó o se emocionó, pero tuvo que ser el cliente el que propuso buscar una fecha para que le enseñara el producto (un software).
«Un segundo, tengo que abrir el calendario.»
El calendario ya estaba abierto. Me pareció raro, pero bueno, la venta estaba hecha, qué más da.
El cliente propuso un hueco. Antonio dijo que no podía. El calendario estaba vacío.
El cliente propuso otro hueco. Antonio dijo que tampoco. Antonio debía tener compromisos secretos porque ese calendario estaba vacío y el hijo de puta de Antonio llevaba semanas sin cerrar una reunión.
Otro hueco, tampoco. Otro, nada.
Al final Antonio propuso otro. El cliente dijo que no. Quedaron en llamarse. Ya sabes cómo acabó eso.
«Explícame lo que ha pasado porque no lo entiendo.»
«¿A qué te refieres?»
«¿Cómo es posible que no hayas cerrado demo?»
«Ah… eso. No quería parecer desesperado.»
Vergüenza ajena.
Grima.
Parecer gilipollas.
Ser gilipollas.
En el newsletter explico la diferencia entre provocar esos sentimientos y cerrar ventas.
Proyectar autoridad.
Confianza.
Seguridad.
Liderar.
Marcar el camino.
Entre ser el tipo de persona que creyendo demostrar una gran confianza produce unas ganas muy fuertes de ser abofeteado y alguien a quien seguirías al fin del mundo.
Entre el que cuenta sus conversaciones por cierres y el que las cuenta por cafés y conversaciones de besugos.
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