La colleja de hoy es más fuerte de lo habitual

Ando estos días conduciendo por pueblos de los Alpes y no dejo de ver hotelitos, restaurancitos, cafeteriítas.

Algún garito de alquiler de material de esquí y poco más. Esa es la industria que hay.

Dime qué sentido tiene. Venirte a un pueblo con una censo de 28 habitantes y 3 gatos a atender turistas durante un tercio del año a precios muy moderados. Entiéndeme, no es Salou, pero con lo que cuesta traer hasta aquí una mandarina no creas que las cuentas salen sobradas.

Insisto, ¿qué sentido tiene? ¿qué sentido económico?

¿Amor por su tierra? ¿Por la montaña? ¿Al esquí? ¿Perseguir su pasión?, ¿Ser felices con su familia?

Pamplinas.

La respuesta correcta es que no tiene puto sentido (económico). No lo tiene. Nadie en su sano juicio montaría un negocio aquí o vendría a trabajar.

La recompensa es desproporcionalmente ridícula en comparación con el esfuerzo.

Es ver a gente trabajar por aquí, gente simpática, gente servicial, y empezar a pensar en todas las malas decisiones que han debido tomar en sus vida.

Estos trabajos y negocios no se hacen por ganancia, se hacen por aversión al riesgo. Para evitar el fracaso haciendo algo desconocido en un lugar desconocido.

Vamos, como en todos lados.

Esa es la brújula de la mayoría. No la que apunta al camino al éxito, sino la que huye del ridículo, del miedo, del dolor.

En los Alpes y en tu barrio. En tu empresa, entre tus amigos y si te descuidas en tu casa.

Esta es la verdadera pregunta que te hago hoy:

¿Cuál es la razón detrás de las decisiones más trascendentes que marcan tu existencia?

¿La obtención gloria o la huída del dolor?

Ya lo piensas y me dices.

Supongo que sabes, pero por si acaso te lo digo:

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