Hay cosas que es más fácil hacer bien que mal y la mayoría las hacen mal

Tendemos a pensar que las empresas reducen su calidad para reducir costes. Si compensa o no a largo plazo es otro debate fuera del alcance de este humilde escribano.

Y qué duda cabe de que hacer las cosas mal suele ser más fácil que hacer las cosas bien, qué duda cabe.

Sin embargo, no es el incentivo económico el que empuja a hacer las cosas mal. Fíjate que existe un puñado de cosas que es más fácil hacer bien que mal, barato que caro y que, sin embargo, muchos más hacen mal.

Hablar en público, por ejemplo. O escribir un email. O dar un apretón de manos. Más fácil hacerlo bien que mal.

Podemos concluir, por tanto, que existe un deseo escondido en el fondo del cerebro por hacer las cosas mal.

Una voz que te dice: «Hey, colega, contente, no sea que esto funcione y obtengas una libertad que te haga dueño de ti mismo. Eso sería demasiada responsabilidad, pequeño saltamontes. Tú no estás concebido para esos altos vuelos, eso déjaselo a otros.»

Y continúa…

«Lo que tienes que hacer es buscar aquello que funciona y una vez lo encuentres, retorcerlo y amputarlo hasta que quede irreconocible. De esa forma, amigo, te aseguras de que siempre podrás seguir dependiendo de los demás.

Y no te preocupes, porque en cuanto hayas fracasado te convenceré de que la culpa es del telento que dios no te dio, de no haber llegado el primero o de ser mujer o viejo o joven o cualquier otra cosa.»

Cada día envío un email con un nuevo consejo de ventas, te apuntas aquí: