Este post es repetido y

Hace tiempo vendía diseño web.

Si llegabas a mi web te encontrabas con un titular que te gritaba, a medio centímetro de la cara, algo radicalmente opuesto a lo que estabas esperando y a lo que contaban mis competidores.

Le seguía un subitular que te hacía darte cuenta de que no tenías ni idea de lo que estabas buscando.

Esto es algo muy difícil de hacer sin parecer soberbio.

Entonces te decía que mi tarifa mínima eran 20 000 €.

Si los tenías, seguías leyendo. Si no, también. Necesitabas calmar la hurticaria que cubría hasta las plantas de tus pies.

Pero empezabas a pensar que había trampa, que aquello era mentira y que yo era un estafador cazando incautos.

Entonces te jodía vivo. Porque hacía lo último que esperabas. Te daba la razón.

Te mostraba un montón de testimonios negativos.

Tú no entendías nada, pero me querías contactar. Me tenías que contactar. Para insultarme o para pedir que te hiciera el amor, pero no podías evitarlo.

Un día me llamó un cliente, me dijo que le había contactado un competidor mío y que al meterse en su web había visto que era idéntica.

Qué cosas.

Le llamé y le pedí que eliminará su web. Se enfadó, me dijo que si pensaba decirle lo mismo al resto. ¿Qué resto?

Ese día tuve que hacer 23 llamadas más. No pretendo presumir, simplemente es así. Puedes creerme o buscar a personas que trabajaron conmigo y preguntarles. Durante los años siguientes dedicamos un día al mes a cazar plagiadores.

Aunque hubiera dado igual. Ninguno vendía ni un centavo.

No podían evitarlo. Hacían lo que nunca hay que hacer: innovaban. Copiaban de manera literal lo menos importante e introducían pequeños cambios en los puntos clave. Una frase aquí, una palabra allá. Mataban la autoridad, el ritmo, el subidón.

Es el problema más habitual que tiene la gente cuando intenta vender, que hacen lo que les gusta a ellos, no lo que les gusta a los demás.

En la mentoría enseño cómo salir de tu cabeza para meterte en la de tu cliente.

Hablarle de tal forma que entre en trance y no tenga otra alternativa que decir «Sí, cabrón, sí, azótame más fuerte.»

Vale para webs, para guiones telefónicos, para publicidad y para cobardes emails.

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