Esta es mi evolución con las ventas. De la mierda al éxito.

Empiezas sin nada, desnudo, y trabajas para generar oportunidades, y las oportunidades te ponen cachondo, y mides el día por el número de oportunidades.

«Tantas» oportunidades, y «tantas» oportunidades, y «tantas» oport…

Y eso te mantiene vivo.

Y lo celebras.

Y lo cuentas.

Y te envidian.

Pero si no eres un cobarde que usa las oportuniades para convencer a su jefe de que le pague la nómina un mes más, te cansas, porque las oportunidades son amor sin sepso.

Y entonces te enfureces, aprietas los puños y transformas oportunidades en dinero. Y ya no solo tienes oportunidades.

Ahora son oportunidades y resultados. Y recuperas la excitación por las oportunidades.

«Tantas» oportunidades, y «tantas» oportunidades, y «tantas» oport…

Y a más oportunidades, más resultados.

Los resultados son mejores, pero son pocos.

Mojas, pero no mucho.

Resultados, resultados, resultados.

Y es curioso, porque si eres honesto, si no pasas la vida celebrando el futuro, presumes menos de resultados que lo que presumías de oportunidaes.

Hablas, pero con la boca pequeña.

O con la boca grande y el alma pequeña.

Quieres más.

Tienes más de lo que tenías. O más de lo que pensabas tener.

Pero meh.

No es pa’ tanto.

Pero un día te despiertas y tienes resultados y ya no tienes oportunidades.

O quizás las oportunidades son tan buenas que oportunidades y resultados son sinónimos.

Y ese día te has pasado el juego.

Y es de un día para otro.

Has conseguido que la nieve cuaje. Has generado demasiadas oportunidades en poco tiempo.

Y entonces la bola de nieve adquiere inercia.

Es imparable.

Cuanto más grande es, más rápido va.

Pocos consiguen cuajar la nieve.

Porque lo que cuaja la nieve es la perseverancia.

Perseverancia y ring, ring.

Llamar.

Estudiar y practicar. Corregir y repitir.

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