Espero no vender mucho hoy

Se llama Lola y tiene historia, aunque más que historia, es un poema.

El año que se publicó esa canción yo tenía 14, vivía tardes de piscina y bici y que hiciese calor en verano no salía en las noticias.

Un año antes, sus autores andaban comprando discos como cabrones.

Uno detrás de otro. Sus propios discos.

Habían firmado un contrato con su discográfica para publicar tres discos. Si no llegaban a cierto volumen de ventas les rescindían el contrato.

Y no llegaban.

Así que decicieron llegar. Tuvieron que pedir un préstamo.

Regalaron miles y, según cuentan, todavía hoy tienen miles almacenados.

Llegaron al objetivo de ventas y les permitieron grabar otro disco.

Ese disco fue el de la Lola.

Es difícil que alguien que gana pasta no me caiga bien. Casi imposible si ganarla ha implicado una locura imprudente.

La gente piensa que las grandes apuestas provienen de una autoconfianza extrema.

Están equivocados.

Lo único extremo detrás de una gran riesgo es una gran insatisfacción. Inconformismo infinito con no vivir la mejor vida posible en la única vida que se tiene.

Incapacidad para comprender el miedo a la pobreza pero no a la mediocridad. A la rutina, al sometimiento. A mordese la lengua, cortarse la picha, amputarse el cerebro.

Cada día envío un email con una lección de ventas.

Nada me produce más placer que la gente que me escribe contándome cuánto están ganando desde que se apuntaron.

Tú lo haces aquí: