Lo siento mucho, me he equivocado y no volverá a ocurrir.
O sí.
Ayer la lié. El email de ayer fue un error.
Ya a los pocos minutos de enviarlo algunos me hicieron saber que les gustó cómo combiné un envío a destiempo con ese mensaje. Menudo truco, menuda jugada.
Qué estrategia.
Muchos no me creerán, pero la realidad es que el día anterior se me olvidó escribir el email diario.
A las 11:41 AM leí el mensaje de Siloé, una suscriptora, que me dijo que no había recibido el email mañanero. Extrañado fui a la herramienta de email marketing y me di cuenta de que no había enviado nada.
Raro, raro, raro.
Pensé en reenviar un email antiguo, pero se me ocurrió algo más productivo. Utilizar la situación para escribir dos emails:
Uno primero en el que usara el retraso para justificar cualquier cosa. Algo que requiriera reflexión por mi parte. Una disculpa.
Uno segundo explicando que todo lo anterior me lo había inventado.
Pim, pam, pum. A las 12:06 el primer correo estaba escrito y enviado.
Unos minutos después, este que estás leyendo, que me dio por subirlo al blog.
¿Es el mejor email de la historia de la humanidad? Probablemente no.
¿Envié email ayer y hoy también? Ya sabes la respuesta.
¿Vendió el de ayer y venderá este? Te imaginas la respuesta.
¿Estás leyendo con curiosidad mientras dices para tus adentros «qué hijo puta, qué morro tiene»? Tú sabrás.
Esto es simple hasta decir basta:
Existen dos tipos de personas, las que hacen y las que sopesan.
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