Me acaban de preguntar si a las mujeres hay que venderles de distinta manera que a los hombres.
Que si en Reino Unido el mensaje debe ser otro que en Japón, y otro para Colombia y otro para Dubai.
Que claro, hombres y mujeres, nada que ver. El Congo y la Argentina, a dónde vamos a parar.
Mayores y jóvenes, Zaragoza y de Murcia, nada que ver.
(Conozco a un empresario que compró una empresa de Álava para expandirse desde Logroño. Son muy suyos, me decía.)
Sigue y en nada estarás enviando un email a quien abrió el anterior y otro a quién no. Una secuencia para padres de familia y otra para solteros.
Y descanso en vacaciones, no sea que molestes. Rubios y morenos, empresarios grandes y pequeños.
Fuerza un poco y pronto olvidarás que estás vendiendo a humanos.
Brillante.
Trabajar por mil con la esperanza de mejorar un 0,1% mientras divides por un millón tu autoridad, multiplicas por diez los errores y reduces a la mitad tu margen.
Pero un gran éxito asegurado…
Sentirte ocupado.
Tanto que no te queda tiempo para pensar en ese otro que vende siete veces y trabaja un tercio.
Que no es poca cosa, ojo.
Pero si lo que quieres es vender… me refiero a «vender, vender»…
- No a recibir piropos.
- No a recibir «lo comento con mi socio y te digo algo.»
- No a escuchar «me has gustado mucho, te tendremos en cuenta para el futuro.»
- No a «lo miramos a la semana que viene, pero vamos, seguro que lo hacemos juntos.»
Nada de eso, digo vender, lo que se dice vender. Que el director de tu sucursal deje lo que esté haciendo y vaya corriendo a recibirte cuando te ve entrar por la puerta.
Ese es el vender al que me refiero. Y si ese es el vender que quieres, la cosa es bastante más simple:
El newsletter
Y punto.
Llegar, matar y volver con la presa entre los dientes. Eso es de lo que hablo.
Te lo repito.
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