Cómo vendí 50.000 € en una llamada

Leonardo Di Caprio, en el lobo de Wall Street, vendiendo por teléfono.
Cuantos más crean que el telemarketing está acabado, mejor funcionará para el resto.

—«Llamo para preguntar qué te parece la propuesta que te envié la semana pasada»
—«¿Propuesta? No me ha llegado nada»
—«¿Seguro? Te la envié al día siguiente de la reunión»
—«Déjame mirar… nop, nada. ¿Puedes volvérmela a enviar?»
—«Reenviada, confírmame»
—«Espera… ¡recibida!»
—«Échale un ojo y ya me dirás»
—«No, espera, dame un segundo. Mmmm… ajá. Bien. Sí. Vale. Bien. Mmmm… A ver. Sí. Bien. Vale. Ok. Me parece bien, podemos empezar».

¡Bum! 50 000 €, just like that.

Esta es una llamada que he mantenido minutos antes de ponerme a escribir esto.

Una llamada breve.

Una llamada agradable.

Una llamada exitosa.

Una llamada que, no obstante, mi espectador ha intentado evitar con todos los argumentos del manual.

«No ha pasado suficiente tiempo», «Estará comiendo», «Mejor mándale otro email», «Espera una semana más», «No insistas, si no te ha contestado es que no tiene interés», «Le caiste mal», «No entendió lo que le ofreciste, con gente así no no merece la pena ni esforzarse», «Haz primero esa otra cosa urgente».

Vamos, lo que me pasa cada vez que me dispongo a llamar. Sin importar que lleve haciéndolo una década. Y aunque cuanto más viejo me hago, con más facilidad gano al espectador, el cabrón no se da por rendido. Apuesto que te pasa parecido. El día que seamos la mitad de perseverantes que nuestros espectadores conseguiremos lo que nos propongamos.

Y que tu espectador no te engañe, esto no se limita a la venta. Por su inmediatez, por su cercanía y porque te permite palpar la reacción del interlocutor, el teléfono sigue siendo imbatible para resolver dudas, aclarar malentendidos, zanjar discusiones, dar malas noticias, solucionar problemas y convertir en satisfechos a clientes (medio-)insatisfechos. El problema es que en lo que el teléfono no es imbatible es en hacerte sentir cómodo.

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