Cuando dije que cobraría por adelantado o no trabajaría unos cuantos dijeron que me arruinaría.
Cuando subí los precios varios dijeron que me arruinaría.
Cuando decidí que no haría propuestas, ahí también, dijeron que me arruinaría.
Cuando dejé de visitar clientes y exigí que fueran ellos quienes vinieran a la oficina. Entonces fueron muchos los que dijeron que me arruinaría.
Cuando dejé de enseñar ejemplos de proyectos hubo un par que dijeron que me arruinaría.
Cuando anuncié que no quería financiación ni inversores me miraron con cara rara y dijeron que me arruinaría.
Cuando dije que no aceptaba clientes que trataran de imponer sus propios contratos, ya sabes, dijeron que me arruinaría.
Cuando rechacé clientes grandes porque pasaban a convertirse en un porcentaje demasiado alto de mi facturación, dijeron que me arruinaría.
Cuando manifesté que quería menos empleados dieron por hecho que estaba arruinado.
Cuando decidí preguntar a los clientes cuál era su presupuesto, aseguraron que me arruinaría.
Cuando empecé a cobrar por sentarme a hablar con clientes potenciales que no tenían ni idea de lo que querían, dijeron que me arruinaría.
Cuando rechazaba clientes por despotas dijeron que me arruinaría.
Y cuando conté que ni siquiera contestaba a clientes potenciales si sus formas no eran las adecuadas. Que me arruinaría.
Cuando dije que no iría a comer o cenar con clientes dijeron que me arruinaría.
Por publicar mis tarifas…
Y por no negociarlas…
Y cómo no, por escribir como una persona en lugar de como un soldado corporativo dijeron que los clientes se ofenderían (y que me arruinaría).
Cuando esas decisioens empezaron a dar resultados el mensaje cambió.
Ya no decían que me arruinaría. Entonces decían que su caso era diferente y que «yo era yo.»
Hoy me va razonablemente bien.
Qué coño, hoy me va realmente bien.
Una vez más, el mensaje ha vuelto a cambiar. Aquellos que dijeron todo lo anterior son los mismos que hoy me llaman vendehumos.
Vendehumos.
Así me llaman los que siguen vendiendo de la misma forma y con idénticos resultados que el 10 de enero de 2010, cuando llegué a la fiesta.
En escasas horas publicaré una lección muy acojonante.
No incluye ninguna técnica de venta, su propósito es desarrollar una habilidad que aporta un valor como ningún otro:
Crear mensajes que provocan emociones.
Eso es lo que enseño en el newsletter. A hacer llorar y reír, a alegrar y entristecer, dar asco y provocar excitación sexual.