Un antiguo socio mío, de joven, trabajó de relaciones públicas en un pub.
Este tipo tenía dos trucos para vender más entradas que todos los demás relaciones públicas juntos:
El primer truco era que cada vez que hablaba con alguien le pedía su email o teléfono. A más de 100 diarios pronto tenía unos cuantos miles.
Luego creó una sencilla web muy sencilla en la que poder pre-comprar las entradas. Cada fiesta o fin de semana se la enviaba a todos sus contactos.
Llegó a vender más que el resto de sus compañeros juntos. Entonces sus jefes le llamaron para preguntarle qué estaba haciendo.
Cuando se lo explicó le despidieron.
Atiende: en lugar de despedir a sus 40 compañeros, le despidieron a él.
No era justo. Vender tanto, no era justo. No estaba bien aquello.
Alguien a quien aprecio mucho recientemente dijo una frase que me encantó: «Cuando tengas duda de si algo es lo correcto o no, fíjate en los resultados.»
El pub siguió vendiendo como vendían hasta entonces y como venden el resto de pubs y discos del mundo.
Hoy ese pub no existe.
Ese era su primer truco, audiencia propia y repetición, lo mismo te suena.
El segundo truco estaba en el mensaje.
Tenía una técnica que conseguía levantarle el culo del sofá hasta al fulano resacoso que había jurado 14 horas de sueño.
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