Mi primera venta a una gran empresa fue toda una lección de ventas.
Cómo encontré al directo general… cómo me crucé en persona con él… cómo le abordé en el momento y le insistí después… cómo conseguí la reunión… perfecto… simplemente perfecto.
No es por sacarme la chorra, pero con 24 años y cero experiencia vendí mejor que el 99% de esos vendedores con «30 años de experiencia» que no llegan a fin de mes.
Eso por un lado, por otro, el cierre más deficiente que has visto en tu vida.
Permití que ellos pusieran el contrato, el precio, las condiciones de pago y el servicio que prestaría, que era tan ambiguo que si me pedían chuparles las botas podrían argumentar que estaba incluido.
Mil putos euros al mes me parecieron tanto dinero que me cegué.
Y luego vino mi ignorancia, que fue peor.
¿Qué pensaba yo que quería una gran empresa cuando contrata a alguien para que le haga una campaña de publicidad?
Que quieren es vender más.
La campaña que hice salió en todos los medios que puedas imaginar durante seis meses. Hubo otras empresas que me contrataron porque vieron esa campaña. Así de buena fue.
¿Qué descubrí después?
Que si te esfuerzas demasiado la directora de marketing puede tener la sensación de que estás poniendo en riesgo su puesto.
En lugar de contarte cómo acabó la cosa te diré que en cierto punto llegué a envidiar a los esclavos romanos.
15 años han pasado de aquello. Desde entonces he hecho ventas bastante más grandes y ni una me ha salido rana.
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