Una lección importantísima para la vida.

Hay que ir poco a poco para llegar a ser así de sabio

Tengo un conocido que con 51 años dejó su trabajo en un banco, se hizo una mochila y se fue a recorrer sudamérica. Lo puesto y unos pocos ahorros.

En Argentina, mientras se ponía hasta el culo de comer y de beber, conoció a una muchacha más o menos de su edad con la que estuvo festejando hasta tarde.

Lo último que mi amigo recuerda antes de despertarse sin mochila, sin móvil y sin abrigo, es cómo, tras salir del baño, la muchacha le devolvía la jarra de cerveza que le había estado guardando.

Ahora ya lo sabes, no vayas al baño hasta acabar la cerveza. No tienes que vivir la experiencia para aprenderla.

Y si quieres, tampoco hace falta que te ocurra, ni una vez más, aquello de que un cliente potencial que dice estar enamorado deje de contestar tus emails o responder a tus llamadas.

Ni que una secretaria te impida hablar con su jefe.

Ni que su jefe te diga que le «pillas reunido».

Ni que te pida que le envíes un email con más información.

Ni que diga que tiene que consultarlo con su socio.

O que le pareces demasiado caro.

O que está contento con lo que tiene.

Existen tres formas de aprender a evitar todo eso: