El último día que usé un Rolex

Tengo un recuerdo borroso de los detalles.

Sé que era un hotel de cinco estrellas, sé que era una gran ciudad europea y que iba con una tía de culo increíble.

También recuerdo que hacía mucho calor.

Veníamos de la piscina en la azotea. Bajábamos en el ascensor con un tipo grueso a medio trajear.

Digo «a medio trajear» porque en lo que el ascensor tardó en llegar a la planta calle se ajustó el nudo de la corbata, abrochó el último botón de la camisa y repeinó cuatro pelos mojados a los que todavía se aferraba, aunque no creo que por mucho más tiempo.

Como quien pone la guinda en el pastel, antes de que se abrieran las puertas echó mano al bolsillo de la americana y sacó un submariner 16610 con el que completó el disfraz oficial de comercial.

A ese tío lo habían mandado ahí para cerrar un trato, eso estaba claro. Y tenía cara de que la iba a liar, eso también parecía bastante probable.

Y fue entonces cuando me di cuenta de que en el mundo hay dos tipos de personas…

A las que unos cuantos miles de euros en la muñeca les parece un filtro…

Y las que lo usan como un código QR para conocer la trazabilidad del cacho de carne que tienen delante.

Contemplé las generosas caderas de la rubia en bikini y tomé la decisión de, a partir de ese momento hacer, únicamente, el tipo de cosas que haría la gente del segundo grupo.

«Vamos a darnos un masaje.»

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