El otro día un alumno me envió un mensaje jodidísimo por haberle concedido una rebaja de 1000 euros a un cliente insoportable.
Necesitaba esa venta. Le jodía, pero la necesitaba.
No lo sé. Pensando en ello me ha venido una frase a la cabeza:
«Cada uno se queda con lo que tolera.»
La oí hace tiempo y resume muy bien la vida.
Gustar y tolerar, dos cosas muy distinas.
Quizás no te guste un horario absurdo, pero si llevas años con él lo toleras a la perfección.
Toleras pasar una hora al día en tráfico.
Toleras echar cuentas de lo que puedes y no puedes.
Toleras clientes que te negocien. Subí precios porque no toleraba que clientes con rolex o miles de euros en cacharros de Apple me negociarian. ¿Y sabes que pasó? Que gente que nunca hubiera considerado trabajar conmigo me suplicaba que lo hiciera.
Misma publicidad, mismo producto, distinto precio.
No digo que limitarse a subir los precios valga para todo el mundo (aunque vale para muchos más casos de los que pensarías), digo que apuntar más alto –y hay muchas formas de apuntar más alto– mejorará la vida de cualquiera que no sea un tolerante empedernido.
La tolerancia se huele, y entonces, por más que lo intentas, te llega más de lo mismo.
Si toleras a jefes o clientes narcisistas tu vida se convierte en una película sadomasoquista.
Si toleras reuniones innecesarias u hoteles con buffet libre y alemanes con tatuajes absurdos, ahí que seguirás.
O si toleras cobrar a 30 días.
Porque eso se huele. Apesta.
Así que no me digas que son tus circunstancias, que es tu sector, que tu cliente es diferente.
Sé sincero, sé adulto. Di lo que es.
Que eres el campeón de la tolerancia.
En el newsletter explico el método que usé para entrar en multinacionales cuando no me conocía nadie.
Cuando era un pardillo imberbe con cero experiencia.
Y no solo para entrar, para entrar con mis condiciones.
Te aseguro que por muy cutre que seas, por muy mal que estés, estás mejor de lo que estaba yo entonces.
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