Me decía un tipo que cuando te haces mayor te das cuenta de que la gente, al final, tiene los mismos miedos que tú, las mismas inseguridades, se hace las mismas preguntas.
Las mismas manías, locuras y rarezas. Que no hay nadie completamente normal, alguien con un 0 % de locura o problemas.
…
Y le digo:
Ah… ¿pero es que tú piensas en lo que los demás piensan de ti?
Chico, el ser humano es fascinante. La cantidad de actividad improductiva que tiene lugar en su cerebro con tal de encontrar caminos que le lleven a pensar más y hacer menos.
Pon, por ejemplo, un vendedor cualquiera a punto de hacer una llamada. La trigesimo segunda llamada del día. Y dile, antes de descolgar, que el tipo al que va llamar es muy importante, muy famoso o muy rico, y observa cómo cambia su actitud.
El esfuerzo por hacerle reír, por caerle simpático, por recibir su aprobación.
Un tío que no tiene ningún problema en vender de repente crea una conversación sin silencios, sin calma, sin ritmo. Con risas de fondo, chistes malos y la clara necesidad de que le den un abrazo y le digan que él también merece vivir.
Una putada para unos, una maravilla para todo el que no sufra de incontinencia explosiva espontánea.
En el newsleter explico con detalle la técnica con la que primero entré en multinacionales.
Con 24 años, imberbe, sin experiencia, sin proyectos previos, sin ser conocido y con unas pintas que parecía recién salido de una clase del instituto.
Si me funcionó a mí entonces, te aseguro, le puede funcionar a cualquiera, y aún así apenas he visto a otros hacerlo.
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