Ayer solo me crucé con dos tipos de personas:
- Los que querían ser mis amigos
- Los que opinaban de mi vida
El fulano de la uni con el que intercambié cuatro palabras hace quince años…
El cliente que me dijo que le gustaba mucho y luego desapareció…
O los 347 que querían una formación presencial en su multinacional o microempresa…
Los ignore a todos, lógicamente.
Y luego estaba el jubilado de obra, ya sabes. El que todo lo sabe. El que no tiene problema en gastar tres minutos escribiendo un comentario pero no dedicará 30 segundos a buscar si lo que dice tiene algún tipo de sentido.
Todos igual, todos perdidos.
Veletas que van por donde sopla el viento, se deslizan cuesta abajo y se quedan embobados si en su campo de visión entra algo amarilla fosforito.
Y ahí estás tú, preguntándote por qué ignoré esas 347 oportunidades. Y salivando pensando lo que harías con ellas.
Estás exactamente igual que los otros.
¿Te das cuenta o no?
De que así no se puede llegar a nada.
Si te dejas llevar, mal.
Si no sabes a donde ir, peor.
Y si piensas que lo siguiente que debes hacer es conseguir que te conozca más gente, desastroso. Horripilante. Espeluznante.
En el newsletter explico cómo cerrar mensajes, cómo cerrar ventas.
Una apreciación que cambiará la forma en la que plantearás tu lógica vendedora.
Así de jodido va a ser, y así de bueno.
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