Me escandalizo con frecuencia.
Cuando he trabajado con departamentos de ventas de grandes empresas siempre lo he visto:
el incompetente tiende a rellenar el CRM con detalle.
32 llamadas hechas y 7 recibidas, 12 emails, 19 propuestas y me he tirado 4 pedos.
Todo todito todo.
Salvo los cuatro cigarros, las cinco visitas al baño, los tres cafés, el desayuno y el almuerzo. Eso siempre se les olvida anotarlo.
Podrían vender, pero prefieren anotar.
Podrían vender, pero prefieren decir «A mí, que me registren.»
En su contrato pone vendedor, pero no juegan a ganar, sino a no perder. Y cero orgullo por su trabajo.
Que cuando llegue final de mes y no hayan cumplido objetivos al menos no puedan decirles que no lo intentaron.
Eso me escandaliza, y también me escandalicé la semana pasada.
Cuando un montón de alumnos me escribieron para contarme que estaban haciendo los deberes que había puesto en la última lección de la Mentoría.
Me escandalicé con lo que me contaron y con lo vi. Con sus webs y con sus emails. Con las preguntas que me hicieron y con la forma en la que me las hicieron.
Me escandalicé con tanta cobardía. Y me dio un subidón de cortisol. De cortisol y de mala hostia. Y me dije aquello de que es imposible no triunfar en esta vida.
En el newsletter explico los errores que creo que todas las empresas y vendedores del mundo están cometiendo es sus webs y en sus emails. Y no me cabe ninguna duda de que también en sus llamadas y, especialmente en sus reuniones.
Errores que solo pueden acabar con el cliente diciendo…
- «Me lo tengo que pensar.»
- «Tengo que mirarlo con mi socio.»
- «Por ahora no.»
Si alguna de esas te resulta familiar, lo que te cuento ahí te interesa: