Hace años fui a un evento.
Al acabar me acerqué a uno de los ponentes, un empresario.
El tipo me trató mal. No mal de no poder atenderme, mal de «Hoy te perdonaré la vida, pero que no se vuelva a repetir.»
No contaré más detalles porque desvelarían su identidad, pero en ese rollo.
Eso pasó hace años.
El otro día me escribió, lamida de orto mediante.
Qué si hay que ver cuánto le gusta lo que escribo, qué si quedamos para comer.
La moraleja parece fácil:
No quemes puentes, ¿por qué quemas puentes? Queda de puta madre con todo el mundo, todo beneficios, ninguna desventajas.
¿Sí?
No.
Si para ti eso no era obvio de antes mi consejo es que dejes las ventas te afilies a las juventudes socialistas.
La lectura es otra:
Dadas las consecuencias de quemar puentes… ¿estás seguro de que no estás quemando ninguno?
No digo insultando, me refiero sin darte cuenta. Detalles que espantan a personas de alto valor que no querrán volverá a acercarse.
¿Y si resulta eso es lo que les pasa a esos empresarios y vendedores que después de mil años trabajando están en el mismo lugar en el que empezaron?
Te digo más.
Eso es exactamente lo que les ha pasado.
Y le pasa a todo el que no tiene el mejor proceso de ventas que puede tener.
Que pierden la batalla poco a poco, de manera imperceptible, apenas lo notan. Pero un día, cuando levantan la vista, los demás, aquellos con los que empezaron, les sacan cientos de kilómetros de distancia.
Y entonces llegan las excusas. Que si suerte, que si enchufes, que si blablabla.
Evita un futuro lleno de excusas y apúntate aquí: