«Oh, sí, ¡qué buena idea!»
«¡Mola mucho!»
«¡Qué ganas de verlo!»
Los conoces.
Son los pelotas de la reunión del lunes.
Armados con su aliento a café son capaces de decir una cosa y la opuesta en 30 segundos con tal de agradar al jefe.
Cuando llega el jefe del jefe lo miran embobados y si se acerca a la máquina del agua corren a saciar su deshidratación con la esperanza de que surja una conversación vacía.
Quizás incluso seas uno de ellos.
Para saberlo ve al baño y mírate la lengua en el espejo. Si la tienes cuarteada, lo eres.
Se debe tanto lamer anos y su denominación médica es lengua escrotal.
Ríete del lenguaje inclusivo. Un chiste al lado del feedback de engagement con scope sobre el approach del kpi que verán asap en la slide durante la call.
Joyitas.
Destellos visibles de esclavitud mental.
Porque cuando eres libre puedes hablar normal. Y tener una lengua en estado de revista.
Y no hablo de no tener jefe. Hablo de no depender de un jefe.
Quizás te suene raro eso de tener jefe y no depender de él, pero sabes perfectamente que si yo tuviera jefe seguiría siendo exactamente igual de libre que ahora.
Que llegaría cuando quisiera, me iría cuando quisiera, no rellenaría el CRM y nadie me diría nada.
De eso es de lo que estoy hablando, de no depender de nadie.
Ni de jefes, ni de clientes, ni de socios, ni de empleados.
Porque cualquiera que se acerque a mí acabará dependiendo tanto del volumen de venta que le proporcionaría que cualquier norma, cualquier convención, cualquier jerarquía, daría igual.
Y lo único que nos diferencia a ti y a mí son dos cosas:
- Tener una audiencia de miles de personas
- Saber contarles historias que sientan como bofetadas
Y para hacer eso no hace falta haber nacido en ningún sitio especial ni haber estudiado nada en particular.
Solo hace falta capacidad de trabajo y hacer lo que cuento ahí: