Esta semana me han llamado pesado en dos ocasiones.
Ha sido en los comentarios de dos anuncios.
No te voy a mentir, me ha jodido.
Invierto pasta, cuido los anuncios, dedico tiempo a la configuración de las campañas…
Y solo me han llamado pesado dos veces.
¿Qué puta mierda es esta?
Ya sabes lo que dicen…
La primera vez que alguien se cruza con un anuncio ni siquiera lo ve.
La quinta lo lee.
La octava protesta, «ya están estos pesados otra vez.»
La undécima se pregunta cómo alguien puede tener tanta pasta para publicidad.
La duodécima empieza a pensar que algo bueno debe tener.
La decimosexta acepta que en algún momento lo comprará.
La decimonovena echa cuentas.
La vigésima vez que alguien ve un anuncio, saca su tarjeta y compra.
Eso lo escribió un tipo llamado Thomas Smith.
Decía que estamos sometidos a demasiada publicidad y que la repetición es más importante incluso que el mensaje.
Ocurrió en 1885.
A menudo me preguntan cómo insistir sin parecer desesperado.
Lo que yo me pregunto es cómo no estar desesperado sin insistir.
Estamos ante una de esas extrañas conclusiones a las que llegan muchos vendedores fruto del miedo, la inseguridad, el «qué dirán».
Una conclusión que lejos de ayudarles destruye su autoridad.
No es el único malentendido. De hecho existe otro peor.
Un error que prácticamente todos los vendedores cometen en los dos primeros minutos y que hacen que el cliente les descarte para siempre.
Y no es que sea difícil de evitar, pero da un miedo terrible.
Hablo, posiblemente, de la única cosa que hacía bien cuando empecé a vender.
Algo que de siempre me ha salido de manera natural.
Y eso provocó que pese a que empecé sin dinero, ni contactos, ni idea de ventas, siempre vendí lo suficiente como para nunca trabajar para otro.
Porque un alto porcentaje de la gente con la que entraba en conversación, compraban.
Así de potente es esa técnica.
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