Yo antes era feliz. Hasta que te conocí.
Salía a la calle, visitaba a mis clientes, y a algunas empresas nuevas.
Iba vendiendo cositas, no me podía quejar.
Entonces te conocí. Y te oí hablar del teléfono.
Claro, joder, yo hacía 4 o 5 visitas al día, pero por teléfono puedo contactar con 10 o 12 empresas en una hora. Me da igual que la tasa de éxito sea mucho menor, merecía la pena probarlo.
Pero no lo hago. Es decir, sé que tengo que llamar, pero no me sale.
Para empezar, cuando lo intento, casi nunca llego al decisor, y cuando llego, parezco retrasada mental.
Así que la mayoría de los días no lo hago. Soy una experta encontrando cosas mejores que hacer. El problema es que luego, cuando acaba el día, me siento culpable.
Total, que yo antes era feliz sin llamar y ahora soy infeliz haga lo que haga.
Si llamo, sufro ansiedad y me siento tonta. Si no llamo, me siento culpable.
Cojonudo. Muchas gracias, Luis.
Esto me lo decía Julia en una videoconverencia. Julia tiene razón en varias cosas.
La primera, que cuando aceptas que puedes vender mucho más si aprendes a utilizar el teléfono, dejas de ser feliz.
A partir de entonces, tienes que elegir cada día entre ansiedad o culpabilidad.
La segunda, que hasta el cerebro menos creativo es cojonudo inventando razones que eviten una situación incómoda.
Si te gusta un desconocido…
- Seguro que tiene pareja.
- Parece ocupado.
- Está fuera de mi liga.
- Se va a marchar en cualquier momento
Si lo que toca es llamar…
- Es demasiado pronto para llamar, lo hago luego.
- Ya casi es la hora de comer.
- Seguramente está cansado, acaba de comer.
- Es demasiado tarde, mejor le llamo mañana, que no quiero parecer maleducado.
¿Y cuando por fin llamas? Entonces absolutamente todo el mundo está pensando lo mismo.
…
…porfavorquenoconteste, porfavorquenoconteste, porfavorquenoconteste…
Culpabilidad o ansiedad. Tú eliges.
Yo te puedo ayudar a evitar la culpabilidad y a saltarte a la secretaria.
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