Soy XXX

Últimamente veo a adultos, hablo de personas de más de 20 años, y a veces de más de 30 y 40, utilizar la palabra «empatía» para defender o desacreditar ideas.

«Es que tengo mucha empatía», o «Hay que ver que poca empatía tienen algunos» si la idea no les gusta.

Estas personas son las mismas que dicen cosas como que la competitividad es un invento de la sociedad, que el ser humano es bueno por naturaleza o que si confias en las personas te responderán con honestidad.

Alguien que piensa así no está preparado para escuchar lo que cuento a continuación. Podría causarle un trauma.

Se trata de una llamada de ventas que escuche ayer. Así transcurrió la cosa:

—Vendedora: «Soy Sofía, de XXX, ¿me puedes pasar a Miguel?»

—Recepcionista: «Espera, que le pregunto.»

—Recepcionista: «Dice que no está.»

Puedes creer lo que dicen los clientes. Puedes contestar con un «¿Y cuándo volverá?» Y puedes llamarlo empatía.

Pero estarás equivocado, porque creer lo que dicen los clientes no es empatía, es estupidez.

Puedes sospechar que lo que te dice el cliente no es del todo cierto. Puedes intentar averiguarlo con una pregunta delicada, algo diplomático, un «¿Pero no está ahora o no está disponible?» Y también puedes llamarlo empatía.

Pero estarás usando una palabra muy rara para referirte a algo que se llama sumisión.

O puedes carraspear para limpiarte la garganta e hinchar el pecho para contestar, con tu tono más grave y sin titubeos, «Pásamelo igualmente.»

Y eso, a lo que muchos llamarán falta de empatía, es empatía.

La única y auténtica. La genunina.

Porque la empatía es la capacidad de identificarse con una persona, no con lo que cuenta. Entender qué es lo que quiere decir cuando dice lo que dice. Entenderle tan bien, que sabes a la perfección qué tienes que decir y cómo lo tienes que decir para que responda como tú quieres.

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