Imaginemos que quieres ligar.
Imaginemos que vas a un programa de televisión.
Si lo haces, una fuerza exterior te obligará a cometer tres errores:
- Dirás que eres muy amigo de tus amigos,
- dirás «prototipo» en lugar de «arquetipo» y…
- preguntarás a quien tienes enfrente cómo le gustan los chicos.
Y si bien ambas tres ofensas son merecedoras de garrote vil, la peor es la tercera.
¿Por qué?
Porque si algo debes saber para vender, para vender y para ligar, es que nunca puedes preguntar aquello que quieres saber.
¿Para dártelas de misterioso?
No, porque la otra parte no tiene ni pajolera idea.
—¿Cómo te gusta las chicos?
—Morenos y cariñosos.
—Pero tu anterior novio era un macarra. Y calvo.
–Ya… bueno… eso… no sé qué me pasó, pero te juro que me gustan rubios y románticos.
–¿No eran morenos?
—Ah, sí, eso, morenos. O castaños. También castaños.
Ahora ve y pregúntale a un cliente:
- —«¿Qué es lo que más quieres en la vida?»
- —«¿Cuál es tu mayor preocupación?»
- —«¿En qué puedo ayudarte?»
Te doy las respuestas:
grgrgrgrgrgrgrgrgrgrgrgrgrgrgr…
Ruido blanco, eso es.
Te crees tú que la gente pasa el día pensando en las respuestas precisas que mejor te vendrían para tu negocio.
Es más, te crees tú que si supieran la respuesta iban a estar hablando contigo.
Lo que tienes que hacer si quieres saber qué anhela tu cliente es ser capaz de entrar en su cabeza como si aquello fuera el salón de tu casa.
Lo que tienes que hacer es saber más que ellos, indicarles tú la respuesta a esas preguntas.
Lo que tienes que saber, en definitiva, es cuál es su conversación mental.
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